Crecí con conocidos de mi padre que por herencia familiar convertían polluelos en animales de pelea y con familia paterna que gustaba del jaripeo y las corridas de toros.
Yo no heredé tal gusto. Recuerdo haber asistido de niño a peleas de gallos y jaripeos pero sin entender todo el ritual que conllevan.
Ahora he vuelto a ir porque son eventos comunes en México en las fiestas patronales, incluso alguna vez di mi versión de cómo es ir a un jaripeo en México.
Como te conté antes, no heredé ese gusto, pero un primo paterno mío sí y bastante.
Es mayor que yo por más de 5 años y antes que yo naciera él ya montaba estos animales de reparo.
El pueblo de su mamá es de raíces arraigadas, con mucho gusto a la hora de festejar a San Bartolo, el santo principal del pueblo, donde se le organiza una fiesta cada año el 24 de agosto.
Mi primo se hizo de un nombre respetado. O más bien de un apodo respetado, porque en ese ambiente de jaripeo los montadores acostumbran formar su nombre artístico comenzando por un apodo y luego el lugar del que vienen.
Dentro del toril, mi primo no se llama Antonio ni tampoco “Toño”, su nombre de jinete es “El Tucán de Chiconcuac”.
Las fotos que voy a compartirte son de antes de la pandemia, específicamente de un 28 de agosto de 2019 en el corral de toros de Atlacholoaya Morelos, celebrando uno de los últimos días de jaripeo por la fiesta en honor a San Bartolo.
Ahí mi primo el Tucán es bastante conocido y respetado. Cuando monta la mayoría de la gente saca sus celulares graba o toma fotos. Al terminar acostumbran mandarle el material a su Facebook o WhatsApp, él lo comparte y además de los aplausos y comentarios en vivo también se gana los virtuales.
Lo primero al iniciar un jaripeo es la presentación de los jinetes, que antes de entrar al toril se han rifado el orden y el toro que les toca en las montas con el dueño o representante de la ganadería de la noche.
Los locutores del evento los mencionan y entran al ruedo uno a uno. Se saludan hasta completar un círculo y hacen una oración llamada “del montador” o “La oración del jinete”.
Se hincan y encomiendan al santo de su devoción. Solo ellos saben qué le piden además de salir con vida de la monta que están por hacer.







Al terminar salen del toril, los “sones” interpretados por las bandas de viento comienzan a sonar y entra al ruedo el primer toro, lo acomodan en el cajón donde el jinete subirá y le clavará las espuelas (unos picos de hierro adaptados a las botas), con semejante dolor el animal intentará quitarse al jinete como sea.
Cuando está listo el toro, llega el jinete a cargo del primer acto, se persigna y si así lo quiere “brinda la monta” con su sombrero, que no es más que dedicarle al público lo que está a punto de hacer.



Ya arriba en el cajón, comienza el son que la banda elija o el que el jinete haya pedido, porque como dice el dicho “el que por su gusto muere hasta la muerte le sabe”, y si alguno se ha de morir haciendo lo que le gusta, que sea con el son que uno prefiera.
Algunos piden “el son de la rabia”, otros “El Huitzuqueño”, el son de las guajolotas, el de los enanos o también el del muerto. Ese pedirá mi primo el Tucán.
Sube la adrenalina para el jinete y bajan sus botas clavando las espuelas. Ya está arriba del toro. De la fuerza de sus piernas depende bajar triunfante, o morder el polvo (literalmente).










Después de los minutos que parecen horas, ha terminado bien su “compromiso”, listo para su próxima monta.
Los caporales (la gente dentro del ruedo encargada de lazar al toro) ya tienen el control, llevan al animal de regreso por donde vino y sacan el siguiente ejemplar para repetir la misma historia:
Llevarlo al cajón, prepararlo, que salga el jinete, se persigne; lo monte, y así sucesivamente.







Va el tercero de la noche. Este lleva casco.
Aunque no es tan común que lo porten, a veces ni con este se salvan, como hace dos domingos que en la plaza de San José Tejalpa falleció La Espinita de Coatetelco que no le ganó a la muerte ni con los santos que llevaba en las chaparreras, ni con el casco y tampoco con la pechera.





Y como este tercero caen algunos y otros “le hacen queda” al animal, lo que significa que no se cayeron durante la monta.








Por fin es el turno del Tucán. No es la primera vez que monta en esta plaza y tampoco la última que lo verán. O por lo menos eso espera.
Entra con la estampa de un santo en la boca, la lleva a su pecho y se persigna.


Así como durante más de 13 años de jaripeos, hay que subir al cajón a retar la suerte, a jugarse la vida una vez más.





Pide el son del muerto, brinda la monta y no hay vuelta atrás.


















Se logró el compromiso, la gente aplaude, le reconocen la jugada.
Toca el turno a los que vienen, y como dicen los locutores del evento “No se cae el que no se sube”. Varios más habrán de caer.



Y como “Lo peligroso es hermoso”, vamos a montarle a este monstruo.




Y a pesar del peligro, algunos saben que puede que el viaje no tenga regreso. Por eso van con Dios y si no regresan, por lo menos ya estarán con él.








La noche de montas, aplausos y algunos jinetes por los aires casi termina.
Dicen las escrituras que “los últimos serán los primeros” y en el jaripeo comienzo estar de acuerdo con ellas.






Se cumplieron las escrituras.”El Chalupas” fue el último de la noche en montar y de los primeros en caer.
No lo olviden “Los últimos serán los primeros… en caer”
Nos vemos hasta la próxima.
